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El petróleo, un sector en transición

Los análisis en materia de energía muestran que existe una correlación entre el uso de la energía y el aumento de bienestar en los primeros estadios del desarrollo, lo cual históricamente ha estado ligado a un consumo creciente de carbón, gas o petróleo, lo que por otro lado nos ha llevado a la actual concentración de CO2 en la atmósfera y océanos. Siendo la energía un pilar básico para el progreso y siendo la estabilidad climática una condición ineludible para su mantenimiento, es urgente asegurar una rápida transición desde las energías fósiles y contaminantes hacia las energías renovables y limpias.

Afortunadamente, la revolución tecnológica en materia de energías limpias hace pensar que podremos realizar dicha sustitución más pronto que tarde. El precio de la energía solar y otras fuentes renovables como la eólica sigue bajando año a año, lo que las sitúa en la actualidad a un precio muy competitivo. Dadas las ventajas que dichas tecnologías están alcanzando, todo apunta a que se acabaran imponiendo en la mayoría de países y sectores en condiciones de mercado, incluso sin tener en cuenta sus externalidades en materia de cambio climático o de contaminación en las ciudades. Lo que necesitamos son políticas públicas para acelerar la transición, aprovechar todas sus oportunidades y evitar los riesgos climáticos y financieros. 

Las predicciones de la Agencia Internacional de la Energía han tendido a ser conservadoras con respecto a la evolución de las renovables, Aun así, un reciente informe ya señala que la transición hacia las renovables será inevitable. El mismo afirma que si asumimos limitar el aumento de la temperatura global a un entorno “muy por debajo de 2°C” como marca el Acuerdo de París, las emisiones vinculadas al petróleo deben alcanzar su máximo en los próximos años, cálculos similares a los que presentan otros estudios que establecen el pico de petróleo entre 2025 y 2030.

Ante este escenario y, aunque la demanda de petróleo seguirá siendo imprescindible mientras se completa la transición, es difícil entender que haya empresas y gobiernos que sigan apostando por nuevos proyectos de exploración de reservas petrolíferas o por el desarrollo de costosas infraestructuras asociadas a esta energía. Dichas inversiones deberían ser las mínimas e indispensables, para no exponerse a una pérdida de capital que no podrá dar los réditos esperados. En términos de inversión, estaríamos hablando de unos activos que se convertirán en obsoletos o varados antes de que llegue al fin de su vida útil, y que conllevará la cancelación futura de parte de su valor, lo que afectará a los balances de las empresas y, finalmente, a los accionistas.

La mayoría de las empresas del sector del petróleo siguen proyectando en sus escenarios centrales aumentos de la demanda de petróleo hasta 2040 y muchas empresas de fabricación de automóviles plantean para ese año que aún el 85% de los coches seguirán moviéndose con motores de combustión, proyecciones que son inconsistentes con el cumplimiento del Acuerdo de París y los avances tecnológicos. Ante esta disonancia, muchos analistas y académicos hacen cálculos para conocer el momento en el que las empresas pueden dejar de ser rentables si no corrigen sus actuales previsiones. Un reciente estudio de BNP Paribas ha comparado la inversión necesaria a día de hoy para satisfacer la demanda de movilidad de pasajeros con vehículos ligeros propulsados mediante motores de gasolina o diésel o hacerlo mediante vehículos eléctricos donde la energía proviene de energías renovables. Los resultados en este sentido son tan abrumadores hasta afirmar que la única ventaja que tiene el petróleo la movilidad de pasajeros con motor de combustión,y que supone el 30% del consumo de petróleo mundial, es que tiene una capacidad instalada e infraestructura desarrollada que no es comparable con la de las energías renovables, dado que permite satisfacer la demanda actual en cualquier momento y ante cualquier necesidad, algo que las energías renovables están lejos de conseguir. Pero si tuviéramos la posibilidad de construir un sistema nuevo y desde cero, no habría duda de que el sistema se basaría en coches eléctricos propulsados por energías renovables. Y todo ello en condiciones de mercado, sin hablar de políticas climáticas o precios al CO2.

Por ello, muchos accionistas se están organizando y presionando a estas empresas (Climate Action 100+) para que reduzcan sus inversiones en energías fósiles y las conviertan en proyectos renovables. Según Carbon Tracker, es necesario que reduzcan sus portfolios con activos fósiles en un 40% de media para poder estar en 2040 en senda de alcanzar los compromisos de neutralidad energética. Las empresas que no se adapten a un escenario de menor demanda futura, corren el riesgo de destruir el valor de sus acciones y desparecer, como ha señalado recientemente Marck Comey, Gobernador del Banco Central de Inglaterra.

Estas empresas pueden seguir diferentes trayectorias para cumplir con su reducción de producción desde nuevos desarrollos o rutas tecnológicas, la diversificación de inversiones o la desinversión. Sin embargo, aquellas que retrasen la acción asumirán un mayor riesgo de quedar atrapadas. Además, el intercambio de activos entre las empresas sin aplicar ninguna solución adicional, sólo puede ser finalmente un cambio de manos, ya que alguien tendrá que asumir el riesgo y la eventual pérdida ante la estrategia de inacción y paso adelante que algunas plantean.

“Cuando la música pare las cosas serán complicadas. Pero mientras la música suena, tienes que levantarte y bailar. Nosotros estamos todavía bailando”. Esta frase célebre atribuida a Chuck Prince, CEO de Citigroup, pronunciada a principios de julio de 2007 y antes de la crisis financiera, es un buen recordatorio de los puede suponer ignorar las advertencias de prudencia y de las enormes consecuencias financieras y sociales. Estamos a tiempo. Que el cumplimento del Acuerdo de París no nos pille bailando.

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Publicado por OIL CHANNEL

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